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Autor : DanielCarlos
ID del Artículo : 82
Audiencia : Default
Versión 1.00
Fecha de Publicación: 4/3/2010 4:21:34
Lecturas : 2387
Historias

LOS PERROS DEL DELTA

  Quienes hemos recorrido las Islas del Delta del Paraná, en mi caso navegando asiduamente en kayak, nos cruzamos habitualmente con una gran cantidad de perros. 
 

  Son parte del paisaje del Delta.

  Los hay de todas las razas, grandes, chicos, medianos, buenos, malos, o más o menos.
  Parecidos a lo largo de cada costa de un arroyo.
  Misma madre, mismo padre, todos parientes entre sí.
  Generalmente mal alimentados, se la rebuscan como pueden para conseguir comida.
  Están en grupos casi siempre numerosos, hay sitios donde cuanto más días se queda uno, más perros ve.
  Echados en los muelles, medio dormidos, parecen estar aburridos, hasta que presienten nuestro paso por el lugar.
  Entonces, con un coro de ladridos infernales, acompañan nuestro recorrido hasta que algún zanjón o vegetación espesa les corta la carrera, interrumpiendo la diversión que venía a romperles la monotonía diaria de no ver pasar un alma por allí.

 
  He tenido la ocasión de cruzarme con algunos que no se contentan con ladrar y terminan arrojándose al agua con intenciones no muy buenas hacia nosotros.
  Sobre el Río Carabelas, cerca del Canal 5, hay un dóberman que tiene esa fea costumbre de asustar a los desprevenidos kayakistas que pasan cerca de la costa.
  También en el Arroyo Leber, que nace en el Paraná
de las Palmas, hay otro perro con costumbres acuáticas y sobre el Paraná, cerca del puerto de Escobar, en la segunda boca del Arroyo Largo había otro, al que hace tiempo no se lo ve, que se zambullía con la probable intención de masticarnos la popa del kayak.
  Pero contrapuestos a estos, también está el grupo de los buenos.

 
  En nuestras travesías hemos encontrado a muchos de ellos, a veces desconfiados al principio, un hueso o una galletita aflojan todos los resquemores.
  Pero hay un fenómeno interesante que ocurre por las noches y que pasaré a relatar:
  Supongamos que a eso de las diez de la noche, en Zárate, un perro, al que llamaremos Gong, comienza a ladrar. Porque vio a un extraño, porque escuchó un ruido, o simplemente porque se le antojó.
  El sonido viaja a trescientos m/seg., por lo que su vecino, ubicado entre cincuenta a cien metros, escuchará automáticamente y se aprestará a responder.
  Dependiendo del estado de somnolencia, edad y predisposición al ladrido fácil del perro vecino, esta respuesta llegará entre los diez a veinte segundos.
  Entonces, seguidamente se producirá una reacción en cadena más difícil de controlar que la fusión de átomos de uranio en una bomba nuclear.
  Si calculamos una respuesta cada cien metros en diez segundos, la onda sonora bajará por el Paraná más rápido que la corriente y a las once estará por Escobar, contagiando inmediatamente a una jauría de quince perras que asolan en una casa de la zona.
  Mientras la onda continúa imparable hacia el Río de la Plata, donde llegará a eso de las doce, el sonido amplificado de las quince perras cruzará el Paraná y saldrá disparado para el otro lado.
  La onda de retorno estará en Zárate a la media noche y el ciclo volverá a repetirse.
  Pero claro, ¿Ud. piensa que Gong se va a aguantar dos horas sin ladrar? ¡¡Ja!!
  El ciclo podrá repetirse cada media hora, diez minutos, dos minutos o lo que a Gong se le de la gana. Entonces se producirá un caos donde algún perro contestará el ladrido de Gong antes de que este llegue a él y las ondas sonoras perrunas viajaran por todo el Delta desde  Diamante al Río de la Plata y un poco más allá también.

 
  Y todo acabará con la salida del sol.

 
  El canto de los gallos y los gritos de las pavas del monte reemplazarán a los ladridos de los perros. Bueno, si alguna noche se queda a dormir por allí, que duerma bien.

              Si puede.
 

Por Roberto Vilmaux

Edición 2010 PescaenelDelta.com


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